domingo, 2 de septiembre de 2012

de raíz


Circula por los medios una de esas noticias que nos hacen pensar “el futuro ya llegó”. Y sí, por fin lograron inventar la pastillita del olvido. Te la tomás y chau, un mal recuerdo se va al tacho.
Trato de imaginar el mapa de nuestro cerebro ‒bastante más complejo que un plato de fideos cabello de ángel‒ y me pregunto cómo harán esa disección tan precisa, delimitando cada prolongación dendrítica, cada sinapsis, adentrándose en ese laberinto de recovecos y ramificaciones. ¿Cómo funcionará la cosa? ¿Alcanzará con borrar el recuerdo o habrá que borrar cada vez que recordaste el recuerdo?
Es raro, porque cada cosa que nos pasa se mezcla y se funde con las otras. Especialmente si es algo traumático, tiñe todos los demás espacios de nuestra vida. Somos lo que somos porque tenemos una historia, ¿cómo sería ser lo que somos sin ese sustento histórico?: o parte de lo que somos dejaría de tener sentido, o seríamos otros… qué se yo, a lo mejor a alguien le parece bueno.
¿Quién no va a tentarse en un momento de desesperación? Entiendo el deseo de olvidar de un niño golpeado, de una mujer abusada, de un obrero que perdió una mano (si acaso se puede olvidar eso que deja huellas en el cuerpo). Hasta acá, los ingenuos pueden pensar que es cuestión de cada uno y de hecho, el ejercio que todos hacemos es vivir con lo que nos tocó, tratando de que eso no nos atrofie la vida.
Pero la disección no es tan sencilla. Sabemos que la amnesia producida por un trauma no elimina la angustia y que, al contrario, poder reconocer el origen de la angustia es el primer paso para domesticarla. Y aunque pudiéramos olvidar un daño sin consecuencias personales, estaríamos condenados a ser víctimas una y otra vez sin poder adquirir jamás una herramienta defensiva venida de la experiencia.
Por otro lado, lo privado es político. El crimen seguiría existiendo y estaríamos garantizando su perpetuidad y su impunidad. Me pregunto qué hubiera pasado si los sobrevivientes y los familiares de los desaparecidos, o de los soldados de Malvinas, nos hubiéramos tomado esa pastillita.
A nivel personal, ¿cómo funcionaría? ¿Nos olvidaríamos del hecho traumático o habría que borrar toda la existencia de esa persona? ¿Es posible olvidarnos por completo de un hijo, una madre, una compañera, un hermano? Aún si quisiéramos hacerlo, ¿no quedaría nuestra memoria llena de agujeros y contradicciones tremendamente perturbadoras? Y si sólo borráramos el momento traumático, ¿sería más o menos así?: “…una vez tuve una hija, pero no sé qué paso… de pronto ya no la tenía más, no tengo idea de por qué…” Lejos de perder terreno, creo que los psicólogos tendrían un montón de trabajo.
Ni hablar de las consecuencias sociales, políticas, históricas, que son bastante obvias. Todo muerto, toda lucha, toda gesta, carecería de sentido y estaríamos condenados como pueblo.
No hace falta ser muy inteligente para imaginarse un mundo donde la memoria se borra y se reescribe. Hasta los yankis se dieron cuenta: basta con leer Mundo Feliz, o ver Dollhouse, El Vengador del Futuro, Matrix. Es mucho más serio que tener un par de agujeros en la memoria. No tendríamos sentido como sujetos, como sujetos históricos, simplemente, dejaríamos de “ser”. Nuestros cuerpos serían recipientes pasivos sujetos a trata. Y nada, absolutamente nada, tendría sentido.
Nada excepto la resistencia. Y hasta en la más taquillera de las películas de Hollywood, resistencia y memoria van de la mano. En un mundo de marionetas siempre hay un Pinocho que se despierta y sale a explorar el mundo. Desde chiquitos nos advierten que es mejor quedarse en casa, que el mundo está lleno de peligros, que es mejor dejarnos arrullar al calor de la anestesia. La anestesia es más amable que un par de orejas de burro; y el que diga lo contrario miente, le va a crecer la nariz. Pero no sé por qué, siempre hay algún burro que no aprende a dormirse.
Todos queremos una memoria libre de dolor. Pero no creo que la solución pase por meter el dolor adentro de una caja fuerte. Al contrario, creo que hay que abrir la caja de Pandora (será porque soy mujer?) y ventilarla bien, conocer el origen de todos los males para arrancarlos de raíz. No eliminar la consecuencia ‒la memoria‒ sino el origen. Se necesita conocer y tener mucha memoria para dar esa pelea. El dolor es indeseable, es cierto, pero quien quiera enfrentar la vida cara a cara no puede eludirlo.
Qué se yo, a mí no me gusta mi dolor, no me gustan mis orejas de burra. Pero si las alternativas son la anestesia y la indignidad de la impunidad y el olvido; creo que esas no son alternativas reales. No se trata de un acto heroico ni mucho menos: no me queda otra, más que seguir cargando mis orejas de burra. Ojalá pudiera arrancarme el dolor como se extirpa un tumor.
Ojalá el dolor no hiciera metástasis.


Natalia Esponda