Circula por
los medios una de esas noticias que nos hacen pensar “el futuro ya llegó”. Y
sí, por fin lograron inventar la pastillita del olvido. Te la tomás y chau, un
mal recuerdo se va al tacho.
Trato de
imaginar el mapa de nuestro cerebro ‒bastante más complejo que un plato de
fideos cabello de ángel‒ y me pregunto cómo harán esa disección tan precisa, delimitando
cada prolongación dendrítica, cada sinapsis, adentrándose en ese laberinto de
recovecos y ramificaciones. ¿Cómo funcionará la cosa? ¿Alcanzará con borrar el
recuerdo o habrá que borrar cada vez que recordaste el recuerdo?
Es raro,
porque cada cosa que nos pasa se mezcla y se funde con las otras. Especialmente
si es algo traumático, tiñe todos los demás espacios de nuestra vida. Somos lo
que somos porque tenemos una historia, ¿cómo sería ser lo que somos sin ese
sustento histórico?: o parte de lo que somos dejaría de tener sentido, o seríamos
otros… qué se yo, a lo mejor a alguien le parece bueno.
¿Quién no va a
tentarse en un momento de desesperación? Entiendo el deseo de olvidar de un niño
golpeado, de una mujer abusada, de un obrero que perdió una mano (si acaso se
puede olvidar eso que deja huellas en el cuerpo). Hasta acá, los ingenuos pueden
pensar que es cuestión de cada uno y de hecho, el ejercio que todos hacemos es
vivir con lo que nos tocó, tratando de que eso no nos atrofie la vida.
Pero la
disección no es tan sencilla. Sabemos que la amnesia producida por un trauma no
elimina la angustia y que, al contrario, poder reconocer el origen de la
angustia es el primer paso para domesticarla. Y aunque pudiéramos olvidar un
daño sin consecuencias personales, estaríamos condenados a ser víctimas una y
otra vez sin poder adquirir jamás una herramienta defensiva venida de la
experiencia.
Por otro lado,
lo privado es político. El crimen seguiría existiendo y estaríamos garantizando
su perpetuidad y su impunidad. Me pregunto qué hubiera pasado si los sobrevivientes
y los familiares de los desaparecidos, o de los soldados de Malvinas, nos
hubiéramos tomado esa pastillita.
A nivel
personal, ¿cómo funcionaría? ¿Nos olvidaríamos del hecho traumático o habría
que borrar toda la existencia de esa persona? ¿Es posible olvidarnos por
completo de un hijo, una madre, una compañera, un hermano? Aún si quisiéramos
hacerlo, ¿no quedaría nuestra memoria llena de agujeros y contradicciones
tremendamente perturbadoras? Y si sólo borráramos el momento traumático, ¿sería
más o menos así?: “…una vez tuve una hija, pero no sé qué paso… de pronto ya no
la tenía más, no tengo idea de por qué…” Lejos de perder terreno, creo que los
psicólogos tendrían un montón de trabajo.
Ni hablar de
las consecuencias sociales, políticas, históricas, que son bastante obvias.
Todo muerto, toda lucha, toda gesta, carecería de sentido y estaríamos
condenados como pueblo.
No hace falta
ser muy inteligente para imaginarse un mundo donde la memoria se borra y se
reescribe. Hasta los yankis se dieron cuenta: basta con leer Mundo Feliz, o ver
Dollhouse, El Vengador del Futuro, Matrix. Es mucho más serio que tener un par
de agujeros en la memoria. No tendríamos sentido como sujetos, como sujetos
históricos, simplemente, dejaríamos de “ser”. Nuestros cuerpos serían
recipientes pasivos sujetos a trata. Y nada, absolutamente nada, tendría
sentido.
Nada excepto
la resistencia. Y hasta en la más taquillera de las películas de Hollywood,
resistencia y memoria van de la mano. En un mundo de marionetas siempre hay un
Pinocho que se despierta y sale a explorar el mundo. Desde chiquitos nos
advierten que es mejor quedarse en casa, que el mundo está lleno de peligros,
que es mejor dejarnos arrullar al calor de la anestesia. La anestesia es más
amable que un par de orejas de burro; y el que diga lo contrario miente, le va
a crecer la nariz. Pero no sé por qué, siempre hay algún burro que no aprende a
dormirse.
Todos queremos
una memoria libre de dolor. Pero no creo que la solución pase por meter el
dolor adentro de una caja fuerte. Al contrario, creo que hay que abrir la caja
de Pandora (será porque soy mujer?) y ventilarla bien, conocer el origen de
todos los males para arrancarlos de raíz. No eliminar la consecuencia ‒la
memoria‒ sino el origen. Se necesita conocer y tener mucha memoria para dar esa
pelea. El dolor es indeseable, es cierto, pero quien quiera enfrentar la vida
cara a cara no puede eludirlo.
Qué se yo, a
mí no me gusta mi dolor, no me gustan mis orejas de burra. Pero si las alternativas
son la anestesia y la indignidad de la impunidad y el olvido; creo que esas no
son alternativas reales. No se trata de un acto heroico ni mucho menos: no me queda
otra, más que seguir cargando mis orejas de burra. Ojalá pudiera arrancarme el
dolor como se extirpa un tumor.
Ojalá el dolor
no hiciera metástasis.
Natalia Esponda