viernes, 14 de octubre de 2016

#NosotrasParamos

Yo tuve 11 años y caminé sola hasta la escuela. Yo tuve 12 años y me esperaba en la puerta de la escuela un pibe de 16, con dudosas intenciones, pero me mentía y yo le creía. Yo tuve 13 años y empecé a ir con mis amigas a las matinée de los boliches. Yo no tenía una mamá con auto que pudiera ir a buscarme a la salida. Yo tuve 14 años y un novio hermoso de 15, y lo deseé. Yo tuve 16 y el novio de mi vieja se me metió en el baño cuando me estaba bañando. Yo tuve 17 y salí de joda con mis amigxs, y tenía amigas que le mentían a su mamá para salir. Yo tuve 20, 25, 30, 39 y volví sola a casa tarde, me emborraché, me subí a un taxi, me levanté a un desconocido, me fui a dormir a su casa. Yo era hermosa.
Si en una de esas ocasiones hubiera terminado en una zanja, en una bolsa de plástico, mutilada, violada, se hubiera dicho de mí que estaba perdida, que me lo busqué.
Yo tuve miedo de que mi novio me fajara, de que mis vecinos hablaran. Yo fui echada a la calle sola a las 3 de la mañana y sin plata, por puta, por compartir colchón con un amigo.
Fui una piba regular. Tuve suerte, tuve intuición, aprendí a cuidarme -porque la responsabilidad caía/cae sobre mí-, aprendí a evaluar riesgos -porque todo hombre es un potencial agresor-, aprendí a distinguir y a evitar a los predadores. Y tanto aprendizaje no me garantiza nada. Podría aparecer muerta mañana. El femicidio es una muerte muy probable, porque soy mujer y elijo no guarecerme en ningún gheto, porque quiero vivir y no creo en la seguridad de los gineceos. Cada decisión que tomo cada día, puede exponerme a una agresión: un levante ocasional, una pareja, una discusión callejera.
Aprendí a sobrevivir porque mi mamá me educó con mucho diálogo, mucha responsabilidad y mucha libertad. Logré pasar la etapa crítica de aprendizaje y salí bastante bien parada, aunque para nada ilesa. Pero sobre todo lo aprendí porque anduve en la calle, en las plazas, los bares, los boliches. Porque el espacio público le pertenece a los varones, ahí me tocaron el culo, las tetas, la concha. Me arrinconaron, me mostraron su pito parado, me ofrecieron plata a cambio de sexo. Me ofrecieron drogas, me invitaron a subir a sus autos. Me increparon por andar sola -provocadora- y no aceptar su compañía -histérica-. Desde los 10-11 años, los hombres de todas las edades me empezaron a educar en materia de sexo. Soy una chica regular: como todas las mujeres que conozco, mi primer experiencia con mi sexualidad fue a partir de la violencia y el abuso. Y crecí creyendo que eso era algo natural.
Y si a alguien le parezco muy liberal, la verdad es que no hice ni un cuarto de lo que hubiera querido hacer. Confieso que me alcanzan los dedos de las manos para contar los tipos con los que estuve. Me avergüenzo de eso, me gustaría que fueran muchos más. Me gustaría haber probado y experimentado un montón de cosas que no hice por miedo, por cuidarme. Decido no encerrarme en ningún gineceo. Hice más que muchas. Tengo algo de calle. Pero estoy acá, escribiendo, porque no hice todo lo que hubiera hecho, si hubiera nacido varón.