jueves, 13 de diciembre de 2012

oprobio




Quiero expresar mi solidaridad con Susana Trimarco[1]. Abrazo a Susana en este momento de dolor y de búsqueda. Abrazo su causa. Pido justicia y aparición con vida de Marita y de todas las mujeres, niñas y niños que están siendo esclavizados y explotados sexualmente. Pido Juicio y Castigo para todos los responsables.
Los desaparecidos de hoy son las víctimas de trata. Son pobres, mujeres y niños. Causas políticas. Marita Verón está desaparecida por ser mujer: ésa es una causa política.
Históricamente, las mujeres hemos/han sido usadas como moneda de intercambio para sellar acuerdos entre familias, explotadas como mano de obra barata dentro de las casas y en los trabajos; incubadoras, trofeos de guerra, objetos del derecho de pernada. La violencia sobre los cuerpos femeninos se ha usado como disciplinamiento de la mujer y como mecanismo de afrenta hacia sus “propietarios” varones. Los cuerpos femeninos han sido tapados y acusados de indecentes; o desnudados para recreación; han sido amputados y ablacionados. No hemos/han tenido apellido propio, su identidad ha estado sujeta a padres y maridos. Hubo un tiempo particularmente oscuro en la historia en que aquellas mujeres que se rebelaban y ejercían libremente su sexualidad y su derecho al conocimiento, eran vejadas por los “santos” varones que se sentían ofendidos por su conducta, acusadas de brujería y quemadas vivas. Fue el tiempo del mayor sexocidio de la historia.
Pero siempre, desde que las sociedades patriarcales se instauraron, el rol femenino ha sido la subordinación a las necesidades, caprichos y deseos de esas sociedades y de sus tutores varones. Rebelarse a ese confinamiento siempre tuvo un costo muy alto: se paga con la marginación, la violencia sobre el cuerpo y con la vida. Desde Hipatia hasta las musulmanas que se atreven a manejar, la “hijas de Lilith" son brutalmente castigadas.
En este contexto misógino, la trata de mujeres no es algo nuevo. Las famosas “francesitas” que pueblan nuestros tangos eran generalmente polacas pobres que venían engañadas, a casarse con aquellos que después resultaban no ser maridos sino cafishos. Se la llamó “trata de blancas” para diferenciarla de la trata de negros, en un tiempo en que todavía parecía que la gravedad del delito variaba según la etnia de la víctima. Todavía en numerosos ámbitos, intelectuales incluso, seguimos escuchando esta expresión racista.
Actualmente, junto con los avances tecnológicos y comunicacionales, las redes de trata han alcanzado globalidad y complejidad. Se han extendido y operan en ese espacio que es a la vez oculto y visible. Oculto para una sociedad que no se mueve en esos círculos y está dispuesta a no enterarse. Visible para todos aquellos que tienen los ojos abiertos y están dispuestos a enfrentar la realidad más cruda imaginable.
Para que una red de trata de las magnitudes actuales pueda operar, debe haber connivencia policial, judicial y política. Se necesitan “mecanismos para la implementación delictiva como pistas de aterrizaje, fronteras sin radarización, complicidad en la alteración de documentación y de controles migratorios, etc”[2]. No se trata de tres ni quince delincuentes sueltos. No se trata de trece perversos. Se trata de mafias organizadas a nivel mundial con fuertes enraizamientos locales.
¿Y qué pasa con los “clientes”? ¿Dónde están los miles de “usuarios”?
Consumir a una mujer es violación, señor “usuario”. No importa que haya pagado. Consumir pornografía infantil y violaciones filmadas, también. La pantalla que lo separa del hecho no lo exime del crimen: Sin cliente no hay trata. Si usted se considera un buen tipo, ¿cómo justifica esto? ¿Cómo justifica usar una vagina para descargarse en ella del mismo modo que lo hace en un inodoro? ¿Cómo justifica la violencia que ejerce sobre alguien que no está en situación de negarse o defenderse? ¿Cómo justifica sus abusos y su complicidad?
Es necesario poner fin a estos crímenes aberrantes. En lugar de eso, ayer escuchamos un fallo que nos llena de estupor, de vergüenza, de horror, de indefensión. Un fallo escandaloso de un poder judicial corrupto, vetusto y con tufo rancio. Las miradas del país y del mundo estaban puestos en este fallo y el mensaje que estos jueces envían al mundo es que en Tucumán y vastas zonas de la Argentina hay un paraíso criminal, una zona liberada. No les importa nada. Exponen su impunidad con una violencia que afrenta a toda ética y toda sensibilidad. Cabe preguntarse qué los motiva, cómo se vinculan estos jueces con esas mafias, cuál es su grado de participación: ¿hacen la vista gorda? ¿son parte del proceso? ¿son “clientes”? Cabe preguntárselo para estos jueces en particular, aunque sabemos que jueces, policía, políticos, barras bravas y narcotraficantes están enmarañados en este negocio infame. Sabemos que droga y mujeres se venden juntas, se trafican juntas, se envasan las unas en las otras otras. Sabemos que el negocio de la violencia necesita a los perejiles que se ensucian las manos, a los matones, a los burócratas.
Ayer, cuando ví la noticia creí que era mentira, que un forro había hecho un mal chiste, pero no. Y no sé qué me sorprendió tanto si escucho hoy que hubo una testigo que se negó a testificar porque uno de los jueces era “cliente” del cabaret donde la sometían.
Pero la única lucha que se pierde es la que se abandona. Es necesario redoblar la apuesta. Hay que discutir y redefinir la estructura judicial, es muy cierto. Pero también es necesario, desde los otros dos poderes, destinar más energía al desmantelamiento de las redes mafiosas y las complicidades institucionales. Ajustar los mecanismos legales, penalizar a los clientes; darle una vuelta de tuerca a la ley de trata que si bien es un avance, es bastante tibia; generar instancias institucionales que puedan actuar e investigar de oficio. Hay que modificar el código penal, para que los crímenes que atentan contra la vida y la integridad física y psíquica, sean considerados con la gravedad que merecen; que nunca es comparable a los delitos contra la propiedad privada.
Es necesario discutir y legislar la prostitución: una discusión compleja que tenemos en deuda como sociedad. Proteger a quienes la ejercen e incluirlas en los derechos laborales. Descriminalizar a las prostitutas y poner la mirada en quienes las explotan. Cuidar su edad y su salud, protegerlas del maltrato policial. Y sobre todo, en mi opinión, implementar políticas tendientes a abolirla. Sé que hay distintas opiniones entre quienes practican la prostitución, pero lo cierto es que no se “elige” esa actividad sino a través de una serie de condicionamientos familiares y sociales. Ninguna mujer nace para puta. Considerar que algunas mujeres deben tener un rol social marginal y destinado al servicio, recreación y descarga de violencias masculinas implica una mirada utilitaria sobre el género femenino, supeditado al masculino. Ceer que estas pobres, pocas mujeres cosificadas funcionan como amortiguadores sociales para “calmar las urgencias masculinas” y para menguar la violencia sobre las otras mujeres, implica que el sistema patriarcal y la violencia machista son inevitables, que son parte de la “naturaleza” del hombre. Implica perder la esperanza en el género masculino y me niego a eso.
Es necesario mejorar la prevención, llevando información a las mujeres más vulnerables, aquellas más pobres, menos alfabetizadas y que viven en los lugares más inaccesibles de nuestra Argentina profunda[3],[4]. Es necesario educar y fortalecer el respeto mutuo en los futuros hombres y mujeres. Es necesario que muchos hombres de hoy (y también muchas mujeres, lamentablemente) aprendan a respetar la subjetividad femenina. Es necesario generar conciencia en los “clientes”, fortalecer los lazos solidarios en toda la sociedad y mejorar la accesibilidad a los mecanismos de denuncia.
Si sabés algo, denuncialo al gobierno a través del INADI, a la fundación María de los Ángeles (Marita Verón) o a cualquier organismo serio que se dedique al tema. Tu silencio es cómplice, tu denuncia es anónima.

INADI: 0800-999-2345
Fundación Marita Verón: www.fundacionmariadelosangeles.org


[1] Parte de este texto fue redactado para un documento de HIJ@S-Regional La Plata y se publicó en febrero de 2012 cuando comenzó el juicio.
[2] “Enfoque de género y Derechos Humanos en el tema Trata y Tráfico de Personas: Una mirada socio-histórico-cultural”, Graciela Vargas; art. publicado en “Se trata de nosotras”, comp. M. M. de Isla y L. Demarco. Ed. “Las Juanas Editoras”; 2009; pág 30.
[3] “Entre la mujer francesa o polaca de principios del siglo XX, y la mujer paraguaya, misionera o dominicana del siglo XXI hay una diferencia (…) respecto al traslado: las primeras venían para casarse, las segundas para trabajar. En las falsas razones (…) que motivaron el traslado, está la marca del momento histórico en que ocurrieron (…) comenzaron a ser ellas mismas migrantes autónomas.
(…) en el reclutamiento de mujeres para explotación sexual, los logros e indicadores de independencia son el anzuelo del reclutador [llamada: esta es una de las modalidades de reclutamiento. Otra modalidad a cargo del proxeneta histórico es el ‘enamoramiento’].
(…) existe una diferencia clave entre una mujer migrante ‘libre’ y una mujer migrante que devendrá víctima de la trata: las primeras financian con sus propios y reales recursos (…) su traslado; en tanto que las segundas siempre y en todos los casos se endeudan con un tercero desconocido.”
“Partidas, tránsitos, destinos. Una mirada sobre la dominación y el comercio sexual”, M. Inés Pacecca; op.cit. pp 24-25.
[4] (…) el secuestro es el método más violento y menos frecuente. Por lo tanto el que más riesgo tiene para los grupos mafiosos. La forma más común de captar chicas es prometiéndoles un trabajo en otra provincia (…). Generalmente les retienen los documentos para alterar su identidad y poder venderlas de grupo en grupo, ya que ante un allanamiento pueden alegar que son mayores de edad y que están prostituyéndose por voluntad propia”
“Testimonio de Susana Trimarco”, op.cit.; pág. 156



domingo, 2 de septiembre de 2012

de raíz


Circula por los medios una de esas noticias que nos hacen pensar “el futuro ya llegó”. Y sí, por fin lograron inventar la pastillita del olvido. Te la tomás y chau, un mal recuerdo se va al tacho.
Trato de imaginar el mapa de nuestro cerebro ‒bastante más complejo que un plato de fideos cabello de ángel‒ y me pregunto cómo harán esa disección tan precisa, delimitando cada prolongación dendrítica, cada sinapsis, adentrándose en ese laberinto de recovecos y ramificaciones. ¿Cómo funcionará la cosa? ¿Alcanzará con borrar el recuerdo o habrá que borrar cada vez que recordaste el recuerdo?
Es raro, porque cada cosa que nos pasa se mezcla y se funde con las otras. Especialmente si es algo traumático, tiñe todos los demás espacios de nuestra vida. Somos lo que somos porque tenemos una historia, ¿cómo sería ser lo que somos sin ese sustento histórico?: o parte de lo que somos dejaría de tener sentido, o seríamos otros… qué se yo, a lo mejor a alguien le parece bueno.
¿Quién no va a tentarse en un momento de desesperación? Entiendo el deseo de olvidar de un niño golpeado, de una mujer abusada, de un obrero que perdió una mano (si acaso se puede olvidar eso que deja huellas en el cuerpo). Hasta acá, los ingenuos pueden pensar que es cuestión de cada uno y de hecho, el ejercio que todos hacemos es vivir con lo que nos tocó, tratando de que eso no nos atrofie la vida.
Pero la disección no es tan sencilla. Sabemos que la amnesia producida por un trauma no elimina la angustia y que, al contrario, poder reconocer el origen de la angustia es el primer paso para domesticarla. Y aunque pudiéramos olvidar un daño sin consecuencias personales, estaríamos condenados a ser víctimas una y otra vez sin poder adquirir jamás una herramienta defensiva venida de la experiencia.
Por otro lado, lo privado es político. El crimen seguiría existiendo y estaríamos garantizando su perpetuidad y su impunidad. Me pregunto qué hubiera pasado si los sobrevivientes y los familiares de los desaparecidos, o de los soldados de Malvinas, nos hubiéramos tomado esa pastillita.
A nivel personal, ¿cómo funcionaría? ¿Nos olvidaríamos del hecho traumático o habría que borrar toda la existencia de esa persona? ¿Es posible olvidarnos por completo de un hijo, una madre, una compañera, un hermano? Aún si quisiéramos hacerlo, ¿no quedaría nuestra memoria llena de agujeros y contradicciones tremendamente perturbadoras? Y si sólo borráramos el momento traumático, ¿sería más o menos así?: “…una vez tuve una hija, pero no sé qué paso… de pronto ya no la tenía más, no tengo idea de por qué…” Lejos de perder terreno, creo que los psicólogos tendrían un montón de trabajo.
Ni hablar de las consecuencias sociales, políticas, históricas, que son bastante obvias. Todo muerto, toda lucha, toda gesta, carecería de sentido y estaríamos condenados como pueblo.
No hace falta ser muy inteligente para imaginarse un mundo donde la memoria se borra y se reescribe. Hasta los yankis se dieron cuenta: basta con leer Mundo Feliz, o ver Dollhouse, El Vengador del Futuro, Matrix. Es mucho más serio que tener un par de agujeros en la memoria. No tendríamos sentido como sujetos, como sujetos históricos, simplemente, dejaríamos de “ser”. Nuestros cuerpos serían recipientes pasivos sujetos a trata. Y nada, absolutamente nada, tendría sentido.
Nada excepto la resistencia. Y hasta en la más taquillera de las películas de Hollywood, resistencia y memoria van de la mano. En un mundo de marionetas siempre hay un Pinocho que se despierta y sale a explorar el mundo. Desde chiquitos nos advierten que es mejor quedarse en casa, que el mundo está lleno de peligros, que es mejor dejarnos arrullar al calor de la anestesia. La anestesia es más amable que un par de orejas de burro; y el que diga lo contrario miente, le va a crecer la nariz. Pero no sé por qué, siempre hay algún burro que no aprende a dormirse.
Todos queremos una memoria libre de dolor. Pero no creo que la solución pase por meter el dolor adentro de una caja fuerte. Al contrario, creo que hay que abrir la caja de Pandora (será porque soy mujer?) y ventilarla bien, conocer el origen de todos los males para arrancarlos de raíz. No eliminar la consecuencia ‒la memoria‒ sino el origen. Se necesita conocer y tener mucha memoria para dar esa pelea. El dolor es indeseable, es cierto, pero quien quiera enfrentar la vida cara a cara no puede eludirlo.
Qué se yo, a mí no me gusta mi dolor, no me gustan mis orejas de burra. Pero si las alternativas son la anestesia y la indignidad de la impunidad y el olvido; creo que esas no son alternativas reales. No se trata de un acto heroico ni mucho menos: no me queda otra, más que seguir cargando mis orejas de burra. Ojalá pudiera arrancarme el dolor como se extirpa un tumor.
Ojalá el dolor no hiciera metástasis.


Natalia Esponda