Un textito de unos años atrás
Cómo añoro quellos días!
Según el Pequeño Larrouse Ilustrado, crispar es
irritar, exasperar; un figurativo que se origina en su otra acepción: “contraer
repentina y pasajeramente los músculos de una parte del cuerpo”.
¿A qué sensación refiere la oposición con este
término?
Se parece un poco a lo que solíamos sentir (sin
ir demasiado lejos en el tiempo) cuando se nos decía que las ideologías habían
muerto, cuando se regalaban empresas y recursos del estado, cuando los ajustes
se hacían recortándonos los ingresos de a trece porcientos, cuando nos
flexibilizaban, nos reprimían, deterioraban la educación, nos dejaban afuera
del sistema y sobre todo, cuando indultaban y nos hablaban de reconciliación. Pero
en ese tiempo no usábamos la palabra crispación,
porque la crispación pensada como estado permanente encubre, si no una
contradicción, por lo menos un oxímoron. Y no había contradicción ni duda ni
vaivenes en nuestro modo de apretar los dientes.
No. La crispación
se derrama en el mantel asociada al gobierno de Cristina y así, volcada, se
extiende, se ramifica y se desgaja en cris·pasión.
Deja un eco que resuena: esa mujer. Esa mujer pica y rebota de hoy a ayer y
vuelve. Pica y molesta. Nadie estaba crispado ni cris-pasionado antes de que
llegara ella. No había odios tan apasionados, tan amantes, tan fieles y
dispuestos. El odio-pasión se yergue ante ella con sospechoso encarnizamiento.
No es casual la elección de palabra, desata
pasiones. Pasiones que resuenan a las que suscitaba Eva, esa primera dama, esa
primera mujer. ¿Acaso se parecen? Tal vez en algo sí, tal vez en mucho no. Son
mujeres que descolocan, se des-colocan, se des-ubican, se salen del rol que les
estaba asignado. Se plantan con voz de mando, asumiéndose pares, iguales, semejantes,
en tanto que personas. Asumiéndose jefas, conductoras, mandatarias, en tanto
que mujeres.
Y mujeres hermosas.
Para la psicología del macho una mujer debe ser
accesible, especialmente si le gusta.
Aquello que se le para enfrente y lo cuestiona, le pone límites, lo reta, no
puede ser una mujer; es visto como un otro
fálico, otro macho. Una mujer en ese rol, le plantea un dilema que atenta
contra su estructura: se fusionan en un solo ser dos conceptos: macho-deseable. La psicología del macho
colapsa. El cristal a través del cual ve el mundo se fisura y el mundo se
convierte en un caleidoscopio aterrador, hecho de pedacitos que se reflejan, se
fragmentan y le devuelven combinatorias inadmisibles.
Lo que la cris·pasión
pone sobre el tapete es una realidad asimilable sólo tras la operación de
transmutarla a crispación.
La crispación, puesta a la mesa como un salero
indispensable, con su carácter efímero intrínseco, no es casual; deja vibrando
en el aire el anuncio de un fin inminente. La crispación puesta a la mesa por
quienes han sido históricamente los detentores del poder, suena, casi, a
amenaza.
Crispación, entonces, podría resonar a ese
dolor, bronca, impotencia, que solíamos sentir, pero es otra cosa. Se parece
más al fruncimiento de ceño de un patriarca, sentado a la cabecera de la mesa
en la que los comensales nos estamos portando mal.
Pero la cris·pasión
también tiene sonoridades de cri·sol,
que trae luz, calidez y mixtura, y con ellas convivencia; tiene reminiscencias
de crisálida, que invoca,
necesariamente, transformación y futuro. ¡Y vaya si están cambiando las cosas!
De crisálida a mariposa transitamos camino hacia un mundo posible, donde lo
femenino tiene un lugar. Un lugar no depreciado. Un lugar permanente, donde lo
efímero no evoque otra cosa que el roce del aleteo, una caricia cíclica.