domingo, 12 de diciembre de 2021

Brevísimo reencuentro

 

pero el sonido del reloj ahogó el latido de nuestros corazones.

Dijiste ‘No puedo irme: todo lo que vive de mí

está aquí para siempre’.

K. Mansfield, El Encuentro

 

Me siento, abro el libro y presencio el último encuentro entre Ida y Katherine.

 

Cuando me subí a la carreta fue para ir a verla. Me bajé en el lugar señalado con el monolito máximo, el gran falo que se yergue en el punto álgido de la urbe. El punto del reloj que mueve las agujas donde siempre es tarde, donde siempre ay que correr.

Me temblaba el corazón con esa mezcla de alegría amarga, saboreando la despedida antes de siquiera haberla abrazado.

Me esperaba con limón, menta y jengibre, olvidada del calor, se abanicaba con las manos. Me llamó la atención su vestidito, diría de villela, pero seguro era algodón, era verano. Celeste, con florcitas y frunces en las mangas; lo supuse sueco. Ella no lo supo, pero al traer ese vestido, trajo a la abuela que se sentó a mi lado (sólo un ratito, se esfumó cuando compartimos la primera ironía, a los cinco segundos de abrazanos).

Nos contamos las cosas como siempre, las muchas cosas que pasaron en todo el tiempo que estuvimos lejos. Y como siempre, nos reconocimos sin dudarnos, como quien recalienta el café de ayer para continuar una charla suspendida por el sueño.

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