Cuando los machos inflan el pecho y despliegan la cola, cuando se preparan para dar una lección memorable, meten la mano en el baúl, desempolvan palabras que conocen poco y mal, y las lustran para ornamentar sentencias con pretensiones eruditas. Nos regalan hermosos fallidos.
El primero (“perdón si te sojuzgo mal”), me lo regaló hace varios años un caballero, como preludio de un flojísimo intento de desacreditar mi trabajo. Recibió toda mi gratitud puesta en un manifiesto no muy distinto a éste. El segundo sarcasmo (“si querés, charlamos sobre los límites y defunciones del humor”) es de ayer. Me lo propinó generosamente un caballero que había estado haciendo chistes sobre mujeres encerradas, encadenadas, esclavizadas.
Por si es necesaria la aclaración, caballeros, sojuzgar no es juzgar, sino someter. Y defunción, no es función, sino muerte. Así que más que agradecida por tanta sinceridad. Porque el humor, en manos del victimario, muere. ¿Se puede hacer humor sobre cualquier cosa? Es una pregunta habitual, a mi entender mal encarada. Creo que la pregunta correcta es cuándo el humor es humor y cuándo deja de serlo.
No seré yo quien cuestione la utilidad del humor negro como válvula de escape para hablar de lo inefable (caballeros, al diccionario), para elaborar el horror. Ése es el derecho de las víctimas. Jamás el de los victimarios. Un/a judío/a puede hacer un chiste acerca del holocausto y es una forma saludable de elaborar el trauma. El mismo “chiste” en boca de un nazi, deja de serlo. Se convierte en violencia, en perversión, en mecanismo de terror y disciplinamiento.
¿Qué es lo que hace que un grupo de caballeros se sienta habilitado a hacer chistes sobre mujeres encadenadas? A reírse estruendosamente y ponernos en esa situación? Derraparon. Todos. Pero cuando hago el planteo, me responden con esta insolencia, me toman el pelo, me ponen en el lugar de tarada, loca de mierda, me disciplinan. Los caballeros (a quienes les gusta presumir de progres y posar para el #NiUnaMenos) me llaman al orden. Suena mi teléfono: ingenua de mí, creo que es un llamado solidario... ¡JAMAS! En vez de poner en su lugar al agresor, me llaman a bajar los decibeles. Se sienten expuestos los caballeros mancomunados y me llaman a no ventilar esos trapitos sucios “delante de gente que no conocemos”. Delante de gente que no conocemos, ellos pueden agredir y violentar, pero yo no puedo presentar mi queja. Mágicamente, se da vuelta la tortilla y la cuestionada soy yo... “¡esas formas!”
Me pregunto, ¿tendré que presentar mi queja por escrito y por triplicado, con firma de escribano/o/o y 10 testigos que no sean mujeres ni gays ni amigas ni militantes? Bueno, aquí va, sin firma de escribano ni sello de escribana, pero multiplicada y abierta a la comunidad. Porque acá no se trata de cuestiones personales de una a uno, ni de trapitos sucios que se lavan en casa. Se trata de nosotras. Y tampoco importa si el líder de la pandilla no es capaz de matar una mosca. En tanto que beneficiarios de los privilegios del patriarcado, todos los varones ejercen violencia, si no física, simbólica.
Y no se trata de que la próxima vez no lo hagan adelante mío, así no me enojo. Se trata, señores, de cómo uds. construyen su propia masculinidad. Se trata de que algún día, dejen de hacer esos chistes, no porque se están cuidando de nuestra ira, sino porque simplemente no les entra en esa cabecita. Se trata de que no se sientan disminuidos en su masculinidad si estando en una situación como esa, son ustedes mismos los que ponen el límite. Se trata de que algún día, algún hombre, llegue hasta el final de una lectura como ésta. Porque estoy bastante segura, de que si alguien llegó a este punto de lectura, no es un varón. Pero voy a seguir escribiendo cosas como estas, caballeros, porque tengo fe en ustedes.

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