Yo tuve 11 años y caminé sola hasta la escuela. Yo tuve 12 años y me
esperaba en la puerta de la escuela un pibe de 16, con dudosas
intenciones, pero me mentía y yo le creía. Yo tuve 13 años y empecé a ir
con mis amigas a las matinée de los boliches. Yo no tenía una mamá con
auto que pudiera ir a buscarme a la salida. Yo tuve 14 años y un novio
hermoso de 15, y lo deseé. Yo tuve 16 y el novio de mi vieja se me metió
en el baño cuando me estaba bañando. Yo tuve 17 y salí de joda con mis
amigxs, y tenía amigas que le mentían a su mamá para salir. Yo tuve 20,
25, 30, 39 y volví sola a casa tarde, me emborraché, me subí a un taxi,
me levanté a un desconocido, me fui a dormir a su casa. Yo era hermosa.
Si en una de esas ocasiones hubiera terminado en una zanja, en una
bolsa de plástico, mutilada, violada, se hubiera dicho de mí que estaba
perdida, que me lo busqué.
Yo tuve miedo de que mi novio me fajara,
de que mis vecinos hablaran. Yo fui echada a la calle sola a las 3 de
la mañana y sin plata, por puta, por compartir colchón con un amigo.
Fui una piba regular. Tuve suerte, tuve intuición, aprendí a cuidarme
-porque la responsabilidad caía/cae sobre mí-, aprendí a evaluar riesgos
-porque todo hombre es un potencial agresor-, aprendí a distinguir y a
evitar a los predadores. Y tanto aprendizaje no me garantiza nada.
Podría aparecer muerta mañana. El femicidio es una muerte muy probable,
porque soy mujer y elijo no guarecerme en ningún gheto, porque quiero
vivir y no creo en la seguridad de los gineceos. Cada decisión que tomo
cada día, puede exponerme a una agresión: un levante ocasional, una
pareja, una discusión callejera.
Aprendí a sobrevivir porque mi mamá
me educó con mucho diálogo, mucha responsabilidad y mucha libertad.
Logré pasar la etapa crítica de aprendizaje y salí bastante bien parada,
aunque para nada ilesa. Pero sobre todo lo aprendí porque anduve en la
calle, en las plazas, los bares, los boliches. Porque el espacio público
le pertenece a los varones, ahí me tocaron el culo, las tetas, la
concha. Me arrinconaron, me mostraron su pito parado, me ofrecieron
plata a cambio de sexo. Me ofrecieron drogas, me invitaron a subir a sus
autos. Me increparon por andar sola -provocadora- y no aceptar su
compañía -histérica-. Desde los 10-11 años, los hombres de todas las
edades me empezaron a educar en materia de sexo. Soy una chica regular:
como todas las mujeres que conozco, mi primer experiencia con mi
sexualidad fue a partir de la violencia y el abuso. Y crecí creyendo que
eso era algo natural.
Y si a alguien le parezco muy liberal, la
verdad es que no hice ni un cuarto de lo que hubiera querido hacer.
Confieso que me alcanzan los dedos de las manos para contar los tipos
con los que estuve. Me avergüenzo de eso, me gustaría que fueran muchos
más. Me gustaría haber probado y experimentado un montón de cosas que no
hice por miedo, por cuidarme. Decido no encerrarme en ningún gineceo.
Hice más que muchas. Tengo algo de calle. Pero estoy acá, escribiendo,
porque no hice todo lo que hubiera hecho, si hubiera nacido varón.
Cuando los machos inflan el pecho y despliegan la cola, cuando se preparan para dar una lección memorable, meten la mano en el baúl, desempolvan palabras que conocen poco y mal, y las lustran para ornamentar sentencias con pretensiones eruditas. Nos regalan hermosos fallidos.
El primero (“perdón si te sojuzgo mal”), me lo regaló hace varios años un caballero, como preludio de un flojísimo intento de desacreditar mi trabajo. Recibió toda mi gratitud puesta en un manifiesto no muy distinto a éste. El segundo sarcasmo (“si querés, charlamos sobre los límites y defunciones del humor”) es de ayer. Me lo propinó generosamente un caballero que había estado haciendo chistes sobre mujeres encerradas, encadenadas, esclavizadas.
Por si es necesaria la aclaración, caballeros, sojuzgar no es juzgar, sino someter. Y defunción, no es función, sino muerte. Así que más que agradecida por tanta sinceridad. Porque el humor, en manos del victimario, muere. ¿Se puede hacer humor sobre cualquier cosa? Es una pregunta habitual, a mi entender mal encarada. Creo que la pregunta correcta es cuándo el humor es humor y cuándo deja de serlo.
No seré yo quien cuestione la utilidad del humor negro como válvula de escape para hablar de lo inefable (caballeros, al diccionario), para elaborar el horror. Ése es el derecho de las víctimas. Jamás el de los victimarios. Un/a judío/a puede hacer un chiste acerca del holocausto y es una forma saludable de elaborar el trauma. El mismo “chiste” en boca de un nazi, deja de serlo. Se convierte en violencia, en perversión, en mecanismo de terror y disciplinamiento.
¿Qué es lo que hace que un grupo de caballeros se sienta habilitado a hacer chistes sobre mujeres encadenadas? A reírse estruendosamente y ponernos en esa situación? Derraparon. Todos. Pero cuando hago el planteo, me responden con esta insolencia, me toman el pelo, me ponen en el lugar de tarada, loca de mierda, me disciplinan. Los caballeros (a quienes les gusta presumir de progres y posar para el #NiUnaMenos) me llaman al orden. Suena mi teléfono: ingenua de mí, creo que es un llamado solidario... ¡JAMAS! En vez de poner en su lugar al agresor, me llaman a bajar los decibeles. Se sienten expuestos los caballeros mancomunados y me llaman a no ventilar esos trapitos sucios “delante de gente que no conocemos”. Delante de gente que no conocemos, ellos pueden agredir y violentar, pero yo no puedo presentar mi queja. Mágicamente, se da vuelta la tortilla y la cuestionada soy yo... “¡esas formas!”
Me pregunto, ¿tendré que presentar mi queja por escrito y por triplicado, con firma de escribano/o/o y 10 testigos que no sean mujeres ni gays ni amigas ni militantes? Bueno, aquí va, sin firma de escribano ni sello de escribana, pero multiplicada y abierta a la comunidad. Porque acá no se trata de cuestiones personales de una a uno, ni de trapitos sucios que se lavan en casa. Se trata de nosotras. Y tampoco importa si el líder de la pandilla no es capaz de matar una mosca. En tanto que beneficiarios de los privilegios del patriarcado, todos los varones ejercen violencia, si no física, simbólica.
Y no se trata de que la próxima vez no lo hagan adelante mío, así no me enojo. Se trata, señores, de cómo uds. construyen su propia masculinidad. Se trata de que algún día, dejen de hacer esos chistes, no porque se están cuidando de nuestra ira, sino porque simplemente no les entra en esa cabecita. Se trata de que no se sientan disminuidos en su masculinidad si estando en una situación como esa, son ustedes mismos los que ponen el límite. Se trata de que algún día, algún hombre, llegue hasta el final de una lectura como ésta. Porque estoy bastante segura, de que si alguien llegó a este punto de lectura, no es un varón. Pero voy a seguir escribiendo cosas como estas, caballeros, porque tengo fe en ustedes.

